En tierras soleadas y tranquilas, Francisco cultiva su ciruelo amarillo con un trabajo paciente y artesanal, como se ha hecho toda la vida. Cuida cada árbol con atención, siguiendo el ritmo de la naturaleza y dejando que el fruto madure sin prisas, como debe ser.
El resultado son ciruelas doradas, jugosas y llenas de sabor, con ese equilibrio perfecto entre dulzor y acidez.


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